El
miedo al amor es como el miedo a los gatos. […] Es el miedo a la inconstancia,
a la incoherencia, al gesto repentino. Ahora está mimoso y de repente no. Ahora
quiere estar contigo y de repente salta. Pero también es el miedo a la
invasión, a la incomprensión. A compartir el espacio con otro mamífero, a que
le duela algo y no poder comprender qué. El miedo a la reacción propia ante la
compañía ajena, el miedo a que el sofá y la cama y la bañera se llenen de
pelos, el miedo a que te miren fijamente con esos ojos felinos como si supieran
algo de ti que tú no sabes. Pero qué es el amor sino descubrirse a uno mismo
ante la compañía ajena, que te miren fijamente como si supieran algo de ti que
tú no sabes, que el sofá y la cama y la bañera estén llenos de pelos.
No
todo el mundo es
un libro de relatos. Nadie como Marta para observar la propia vida y la de los
demás para después plasmarla en breves historias con las que empatizamos y nos
miramos al espejo.
“Y de algún modo difuso se pregunta si enamorarse no es eso: el impulso de contarle al otro toda la verdad.”
Me
cuesta leer este tipo de libros que nos obligan a conocer personajes y
tramas de los que nos tenemos que despedir rápidamente, pero con este ha sido
diferente. Marta consigue adentrarnos en cada historia en sus primeras líneas y
ello sin necesidad de introducirla. Es como si hiciera una fotografía, tan
detallada y exacta, que el lector enseguida se hace una idea de los personajes,
sus emociones y sus personalidades. Sin embargo, no lo revela todo, de modo que
la curiosidad es tal, que no queda otra que seguir leyendo.
“Acaso el amor sea la capacidad de que la conversación siga siendo siempre interesante.”
Estos relatos no son meras historias de amor (o desamor), sino de diversos tipos de relaciones de pareja, que empiezan, que acaban, que perduran, con sus dudas, miedos, vulnerabilidades y prejuicios, pero sin romantizarlas. La cotidianeidad se impone.
Quizás
este sea el éxito de este libro, que explora sentimientos y situaciones tan
conocidas para todos, que no puede dejarnos indiferentes.
“Me
di cuenta enseguida de que llegaba vulnerable pero tardé un ratito en
reaccionar. No le pregunté nada ni ella me contó nada. Le di un abrazo muy
largo en el umbral de la cocina. Muy largo. Aún le dura.”
Pero,
también, si hay algo que ha hecho de este libro de
relatos un libro diferente a los que había leído es el juego de voces narrativas
que hace Marta. Escribiendo en primera, segunda o tercera persona, consigue narrar
desde diversas perspectivas, desde diferentes posiciones en la pareja,
eligiendo las palabras exactas para ahondar en los sentimientos y emociones de
sus personajes. Como si ella estuviera allí, dentro de ellos o de
nosotros mismos, hablando de lo que muchas veces callamos.
“Yo
no creo en la pareja, pero creo en ella. Ella cree en la pareja, pero no cree
en mí. Este es, a gran diferencia, el peor vino que he tomado nunca.”
Si
tengo que elegir algún relato, he sentido especial inclinación por los de “qué
bien que existe Leonor”, “filmin”, “cuando yo la conocí” y “un novio que tuve”.
En
definitiva, es difícil elegir. Al fin y al cabo, no todo el mundo escribe de la
vida cotidiana como Marta.

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