“Pero
Tomás, el periodista con vocación de escritor, dice y explica que cuando se
habla de contar una historia no entran solo las elaboradas, con los
ingredientes al uso de personajes, suspense, conflicto, trama…, sino también
las impresiones y vivencias, las pequeñas cosas que nos pasan a todos en la
vida, que no son propiamente historias ni tienen en apariencia gracia ni
suspense, y como que no merece la pena contarlas, pero que sin embargo están
ahí, en la memoria y en el corazón, de un modo obsesivo, esperando a ser
contadas, a pesar de que parecen no dejarse contar, de incorpóreas que son, o
de anodinas que aparentan ser.
-Pero
claro que se pueden contar-concluye Tomás, y pone un deje enfático en su voz-.
Y yo diría incluso que se deben contar. O al menos intentarlo. Hay que confiar
en las palabras: ellas saben contar mejor que nadie.”
Ya
en la introducción, el autor nos anticipa la idea principal del libro: nuestra
necesidad de contar. Y lo articula de la manera más sencilla, la que nos hace
volver a la esencia de una vida analógica: un grupo de personas quedan aislados
en un pequeño hotel rural durante un temporal. Sin cobertura y acceso al
exterior, el tiempo se para y solo pueden hacer lo que los seres humanos han
hecho siempre, contarse historias.
¡Y
qué historias! Claramente Luis Landero es un maestro en el arte de contar.
Convierte cada pequeño detalle de la vida en una historia que narrar. Y así, en
boca de cada personaje, pone alguna vivencia, anécdota, reflexión o recuerdo. Y
confesiones, confesiones de lo que no han sido ni capaces de contarse a sí
mismos. De este modo, Landero consigue lo que se proponía: demostrarnos que todas
las historias, por anodinas que parezcan, merecen ser contadas, porque están
ahí, en nuestra memoria y en nuestra cabeza, y solo al contarlas se completa la
experiencia vital.
Algunos
dirán que este libro es un Decamerón contemporáneo, pero, para mí, leer a Luis
Landero es simplemente volver a casa, a las noches de verano, el tiempo realentizado,
en cualquier pueblo (diremos extremeño, su tierra), a esos corrillos que se
formaban en la puerta de las casas, en los que cada vecino contaba sus historias
o las de los demás. Qué más daba. Se trataba de hablar, de compartir, porque el
ser humano es un ser social y porque vivir es contar y como leemos en el propio
libro, “hasta que no se cuenta lo vivido, con su pequeño añadido imaginario, no
está completa la experiencia vital”.

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