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2025. Editorial Reservoir books
“Al
atardecer, el sol corta a cuchillo la silueta de los volcanes de la isla. La
imagen es salvaje, hermosa, brillante, roja, bruta. Apenas dura nada porque
está dejando paso a la noche. Esta luz de la tarde es la forma de la ternura.
Un trozo chiquito que no asusta ni mete prisa. Esta noche habrá luna nueva y la
oscuridad abrirá la boca, la grieta que da paso a las monstruosidades.”
Es difícil hacer una pequeña reseña de un libro, para mí, emocional, sensorial y, por tanto, de percepción muy personal. Es de esos libros que te llegan por alguna razón íntima, pero que entiende que a otros puedan dejarlos fríos. Un todo o nada.
Lo empecé
con muchas reservas (por alguna razón, ver el libro en todos sitios me hace desconfiar)
y, durante los primeros capítulos, mi escepticismo no dejaba de crecer. Sin
embargo, en algún punto me desarmó. Lo he leído con un nudo en el estómago y
una lagrimilla persistente en mis ojos. Después de cerrarlo, he necesitado unos
días para ordenar ideas y emociones.
Poco se debe decir de la historia que debe descubrirla poco a poco el lector. Existe un cierto suspense, creado por los saltos en el tiempo, que es causa del juego de emociones que vive el lector. Simplemente diremos que, con una delicadeza extrema, trata de dos hermanas que juegan, se quieren, discuten y pasan sus días juntas; de una abuela que juega al bingo; unos padres que pasan mucho tiempo en el BAR; y de una herencia familiar muy especial. “Está conmigo desde el primer recuerdo de mi vida. Lo que no se puede llegar a recordar se olvida o se inventa. Desde el primer momento, juntas e inseparables. Ninguna tiene su propio lugar, que todo está mezclado y nosotras existimos enraladas y salvajes. Si yo alargo mi mano, al otro lado siempre está la suya, más morenita y pequeña que la mía.” Como telón de fondo, la isla de Lanzarote, concretamente el volcán de “el Ahorcado”, coprotagonista de la historia.
La
estructura, a la que al principio puede costar adaptarse, es muy especial.
Primero, porque los capítulos van acompañados de un número que indica la edad
que tiene la narradora en ese momento, de modo que la forma de narrar se irá
adaptando a la madurez de la protagonista. Segundo, porque los capítulos no van
ordenados cronológicamente. La historia se va formando poco a poco. El lector
la reconstruye con ayuda de la autora. Tercero, porque los diálogos se
presentan de forma especial. Según quién hable, la escritora utiliza cursiva,
subrayado o corchetes.
Para mí, aunque el contexto es similar y las protagonistas son dos niñas, es diferente al libro de Panza de burro.Creo que son temáticas distintas, también la forma de escribir y narrar (aunque a veces aparezcan términos propios de la zona, lo normal si es la autora es de allí) y, sin embargo, la escritora tiene que vivir con la comparación continua.
Por
ponerle un pequeño pero (aunque podría obviarlo en realidad), me ha sobrado la herencia familiar. Creo que intentar mantener
de alguna manera con nosotros a nuestros seres queridos fallecidos no es una especialidad,
es una manera común de protegernos, de evitar el duelo, de no dejar marchar. Podría
haberse planteado como una realidad común, sin ningún tipo de elemento mágico. Al
fin y al cabo, de eso trata este libro, de aprender a perdonarse y a decir
adiós.
Me
ha encantado.

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