"EL DUQUE UGOLINO No quiero resignarme a morir. Un ser humano no puede vivir sin ilusiones, Aminta.
CONDESA
DE LA SANTA CROCE (Burlona.) Cuéntame un cuento, entonces, Ugolino. A ver si
así haces el milagro y consigues sacarme de donde estoy.
EL
DUQUE UGOLINO Tienes que ayudarme, dejándote llevar, olvidando tus reparos,
esforzándote por creer lo que voy a contarte.
CONDESA
DE LA SANTA CROCE No depende de mí sino de ti. De tu capacidad de contarme tus
mentiras de modo que parezcan verdades. Si no recuerdo mal, siempre fuiste
bueno para los embustes."
Inspirada
en El Decamerón de Boccaccio (convertido además en personaje), en esta
obra de teatro, varios personajes se recluyen en Villa Palmieri huyendo de la
peste. Durante dicho retiro, van contando cuentos que les permitan evadirse de
la realidad que les rodea. Estos cuentos se adentran en el mundo de la
imaginación, dando cabida a los sueños y los deseos más carnales y ocultos, sin
límites ni tabúes. A veces, es difícil para los oyentes de los cuentos (también
para el lector) distinguir qué es realidad y qué narración.
[SPOILER] Esta confusión adquiere su punto álgido en la escena final, en la que nunca sabremos a ciencia cierta si la condesa de santa Croce es un espectro que revive en la imaginación del duque o si existe en realidad. [FIN SPOILER]
Vargas Llosa consigue recoger la esencia de Decamerón: el amor, la lujuria, la pasión más exacerbada en una situación de crisis, de tensión, de tragedia social. El autor nos recuerda que aunque la muerte (es este caso, la peste) es inevitable, los seres humanos, mediante la literatura o las narraciones, podemos vivir otras vidas.
BOCCACCIO (Despectivo.) Vosotros, en el fondo, también queréis morir. Por eso habláis todo el tiempo de la muerte. Yo, en cambio, quiero vivir y sé que viviré. En mí el amor a la vida es más fuerte que el miedo a la muerte. Tengo mucho que escribir antes de despedirme de este mundo. La peste me ha sacado de las bibliotecas a la calle y ahora conozco mejor la vida real. Vivía en una cárcel de papeles. Mi próximo libro ya no tendrá sabor a sarcófago y polillas, sino a tráfago callejero, a sudores de piel, a cama y vino.
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