"Hoy ha muerto una anciana a la que yo quería. A menudo pensaba: «Le debo tanto». O: «Sin ella, probablemente ya no estaría aquí».
Pensaba: «Es tan importante para mí».
Importar, deber. ¿Es así como se mide la gratitud?
En realidad, ¿fui suficientemente agradecida? ¿Le mostré mi agradecimiento como se merecía? ¿Estuve a su lado cuando me necesitó, le hice compañía, fui constante?"
Así comienza Las gratitudes.
Michka es una anciana que comienza a olvidar las palabras. Las busca y las rebusca en su memoria y no aparecen. Decide que es hora de cerrar las puertas de su casa e irse a vivir a una residencia. Marie, su joven vecina, y Jerome, su logopeda en la residencia, alternan sus voces para narrarnos la nueva vida de Michka. Junto a ellos, los sueños de la protagonista en primera persona, muy reveladores.
Con esta maravillosa historia, de Vigan nos invita a reflexionar sobre la vejez, la pérdida de capacidades y lo importante que es poder manifestar el agradecimiento a aquellos que nos han hecho la vida más llevadera antes de que sea demasiado tarde. ¿Y nosotros? ¿Hemos agradecido lo suficiente a nuestros seres queridos?
Es una novela corta pero vibrante, cargada de emociones. Mishka se cuela en el corazón del lector, le desarma, y pronto quiere conocerla, abrazarla, ayudarla, ser su Marie o su Jerome y estar con ella, aliviando sus ratos de soledad y tristeza por la decadencia, el ocaso, la pérdida de lo que creemos nuestro, innato.
«Envejecer es aprender a perder.
Asumir, todas o casi todas las semanas, un nuevo déficit, una nueva degradación, un nuevo deterioro. Así es como yo lo veo.
Y ya no hay nada en la columna de las ganancias.
Un día ya no puedes correr, ni caminar, ni inclinarte, ni agacharte, ni levantarte, ni estirarte, ni encorvarte, ni darte la vuelta de un lado, ni del otro, ni hacia delante, ni hacia atrás, ni por la mañana, ni por la noche, ni nada de nada. Solo puedes conformarte, una y otra vez. Perder la memoria, perder los referentes, perder las palabras.
Perder el equilibrio, la vista, la noción del tiempo, perder el sueño, perder el oído, perder la chaveta. Perder lo que te han dado, lo que te has ganado, lo que te merecías, aquello por lo que luchaste, lo que pensabas que nunca perderías.
Readaptarse.
Reorganizarse.
Apañárselas.
No darle importancia.
No tener ya nada que perder.
Al principio son nimiedades. Luego la cosa se acelera.
Pues una vez que empiezan, pierden sin remisión. A carretadas.
Pierden todo lo que puede perderse.
Y saben que, a pesar del esfuerzo —del combate diario que empieza cada vez de cero—, a pesar de la buena voluntad, no pierden nada por esperar.«
En conclusión, una novela muy recomendable. A pesar de su brevedad y su aparente sencillez, es perfecta para remover conciencias y emociones.
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